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Introducción

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Nada tiene de novedoso decir que hay factores sociales diversos que influyen poderosamente en la vida psíquica de las personas. Freud en El malestar en la cultura,1 Herbert Marcuse en Eros y civilización,2 o Erich Fromm en Psicaonálisis de la sociedad contemporánea,3 por mencionar algunos de los autores más trascendentes sobre el tema, se refirieron magistralmente al mismo fenómeno desde sus orientaciones respectivas. Lo inédito, en todo caso, radica en que muchos de esos factores sociales ahora también son globales.

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El perfil de la consulta psiquiátrica ha cambiado en los últimos años.4,5 La depresión es su causa más frecuente; sin embargo, no deja de llamar la atención el aumento en la incidencia de los trastornos de la alimentación y los psicofisiológicos, que reeditan el añejo concepto de las enfermedades psicosomáticas, y que tan bien explicara en su momento Franz Alexander.6 ¿Y qué decir de los casos de niños y mujeres maltratados como signo inobjetable de que la violencia no es sólo patrimonio del crimen organizado? ¿O de las crisis de angustia, la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica? ¿Y qué tal la automedicación como fenómeno no tan reciente pero sí creciente?

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Mercado y salud mental

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Todas estas manifestaciones clínicas tienen vínculos estrechos con los factores sociales que, consciente o inconscientemente, nos agobian de manera cotidiana. En este sentido cabe señalar, por ejemplo, a la publicidad asfixiante que promete ilusiones que nunca se cumplen; o a los cambios en la estructura y la dinámica de las familias, cada vez más influenciadas por el icono sagrado de los mercados. Éstos constituyen, quizá, la tiranía más poderosa de la globalización.

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Se habla inclusive de un darwinismo cultural,7 pues al parecer sólo los productos masivos tienen la supervivencia asegurada. Esa tendencia uniforme de consumo, sea alimentario, informativo, recreativo o cultural, propicia el desarrollo del pensamiento único, dominado por el escenario multimedia, fragmentario, relativista, y en el que parecen prevalecer los símbolos estéticamente superficiales y aparentes, como si ver fuese lo mismo que entender, como si ver significara saber. La falsa tesis detrás es la misma: los mercados pueden vendernos felicidad. Se confunde, deliberadamente, bienestar con felicidad.

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Quienes hemos ejercido la profesión podemos constatar cuántas personas son infelices a pesar de tener un buen nivel de vida, de bienestar aparente, con satisfacciones a prácticamente todas sus necesidades, con acceso a entretenimiento de todo tipo, pero cuyas vidas se constituyen en una clara evidencia de que el poder adquisitivo y sus favores inmediatos no son sinónimos de felicidad.

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Jeffrey Sachs, profesor de Economía de la Universidad de Columbia y asesor especial del Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para el seguimiento de los Objetivos del Desarrollo del Milenio (los cuales, por cierto, no incluyen a la salud mental),8 ha escrito recientemente un ...

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