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Introducción

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“Renovarse o morir.”

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La cicatrización de los tejidos es un fenómeno universal común a todas las especies que existen o se han posado sobre la Tierra: desde plantas, formas animales inferiores, anfibios, hasta mamíferos y, por supuesto, el ser humano. Aludir a la cicatrización es como hablar de la vida misma.

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La cicatrización en los seres vivos es la restitución del tejido lesionado para subsanar la solución de continuidad y puede llevarse a cabo de dos diferentes formas, es decir, regeneración y reparación.

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La regeneración es la restitución anatómica y funcional del tejido; se lleva a cabo con tejido idéntico al perdido y no sólo cubre el defecto morfológico, sino también subsana la función, que se reproduce ad integrum, como la realizaba el tejido anterior. La capacidad de regeneración es muy limitada en el ser humano y se reduce a unos cuantos tejidos; los principales sitios de regeneración son parénquima hepático, epidermis y mucosa intestinal.

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La reparación cubre el defecto anatómico pero con tejido “de relleno”, es decir, conjuntivo que no conserva la función anterior y, como su nombre lo indica, sólo logra “tapar el hueco”.

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Tuvieron que transcurrir muchos siglos para que se entendieran los fenómenos implicados en la cicatrización, y seguramente aún queda mucho por aprender acerca de este complejo proceso vital.

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Historia

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Durante su juventud, cuando se desempeñó como médico de gladiadores, Hipócrates habló de cicatrización primaria, que probablemente se debía a los cortes nítidos de instrumentos bien afilados, las armas empleadas en la lucha, los cuales producían heridas que en muchos casos cicatrizaban de primera intención; no obstante, en su edad madura el ilustre médico regresó a los métodos convencionales para tratar las heridas, dejándolas abiertas y en espera de que cicatrizaran tardíamente.

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En la Edad Media surgió la teoría del “pus laudable”: la supuración de las heridas era tan frecuente, casi sistemática, que se llegó a considerar que una herida no cicatrizaría sin ella, por lo que la supuración se catalogó como “digna de alabanza”.

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Esto se debió también en gran parte a que los cirujanos aprendieron a predecir cuál paciente sobreviviría y cuál moriría mediante la observación del tipo de líquido que drenaba de la herida. Así, se distinguía entre el líquido acuoso, de color pardo, maloliente, propio de estados septicémicos y muchas veces letales, y el material purulento, viscoso, relacionado con un proceso infeccioso localizado y encapsulado, como el absceso; este último era bien recibido porque con frecuencia era seguido de drenaje y de la curación del enfermo en un lapso más o menos corto, incluso Hipócrates recomendó el uso de vino en la herida como consta en su libro Sobre la curación de las heridas.

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Durante muchos años los cirujanos pensaron que cualquier medida que favoreciera la inflamación local y el ...

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