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INTRODUCCIÓN

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En cada subespecialidad de oftalmología, el paciente con visión deteriorada representa un desafío en el tratamiento. Ya sea que la visión reducida se encuentre en situación temporal o permanente, en realidad representa la consecuencia de un trastorno ocular y su tratamiento, como tal, es responsabilidad del oftalmólogo y optometrista. Si el resultado de la intervención quirúrgica y médica óptima es visión funcional disminuida, el paciente necesitará rehabilitación de la visión (véase capítulo 25). Ninguna persona con visión deficiente debería buscar por sus propios medios dónde cuidar su visión reducida; por el contrario, algún nivel de cuidado debe estar integrado en cada práctica oftálmica, ya sea en el sitio o con remisión a un centro de atención de la visión reducida.

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Los pacientes con visión reducida típicamente tienen la conducta visual deteriorada, esto es, agudeza visual no corregible con anteojos convencionales o con lentes de contacto. Pueden tener visión con trastornos, campos contraídos o grandes escotomas. Pudiera haber queja funcional adicional: sensibilidad de la mirada, percepción anormal del color o contraste disminuido. Algunos pacientes padecen diplopía. Una queja frecuente consiste en confusión como consecuencia de la sobreposición pero con imágenes disímiles desde cada ojo.

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El término “visión reducida” cubre un amplio intervalo. Una persona en las etapas tempranas de una enfermedad ocular pudiera tener visión casi normal. Otras quizá tengan pérdida moderada a severa. Todos los pacientes de visión reducida tienen algún grado de visión útil, aunque la pérdida puede ser de importancia. Este tipo de personas no se consideran “ciegos”, a menos que ya no tengan indicios visuales útiles. Los resultados varían con cada individuo.

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En Estados Unidos, más de seis millones de personas presentan deterioros visuales, pero no están clasificados como legalmente ciegos.1 Más de 75% de pacientes que buscan tratamiento tienen 65 años o más de edad. La degeneración macular relacionada con el envejecimiento representa un número creciente de casos. Otras causas comunes de baja visión son glaucoma, retinopatía diabética, cataratas, atrofia óptica, enfermedad corneana, daño cerebral que resulta de hemianopia, miopía degenerativa y retinitis pigmentosa.

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Aproximadamente 9% de la población con visión reducida es pediátrica, aquélla resulta de traumatismo o trastornos oculares congénitos. (Véase en el capítulo 20 la discusión sobre la prevalencia mundial y causas del deterioro visual.)

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La intervención efectiva por visión reducida inicia en cuanto el paciente experimenta dificultad para efectuar la ocupación ordinaria. Un plan de tratamiento considera el nivel de función, objetivos realistas para la intervención, así como la variedad de dispositivos que pudieran ser auxiliares. Los pacientes deben encarar el hecho de que la visión deteriorada es usualmente progresiva. Mientras más pronto se adapten a dispositivos de visión reducida, más rápido se pueden adaptar a las nuevas técnicas de usar su visión. La valoración de visión reducida nunca debe ser demorada, a menos que la persona esté en una fase activa de tratamiento quirúrgico o médico.

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