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El 21 de abril del año 2009 cumplí 65 años, es decir, oficialmente entré a la vejez. Sin embargo, por mi profesión, catedrática de universidad, podía retrasar la edad de jubilación hasta los 70 años, esto es, podía dejar de ser vieja otros cinco años más. Era toda una tentación.

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No obstante, ya había yo tomado la decisión de jubilarme (no olvidemos que la palabra jubilación indica júbilo, alegría) y así lo materialicé el 30 de septiembre. Así que ya estoy jubilada y he recibido un carnet de pensionista de clases pasivas. Y eso suena tremendo porque parece que he pasado de ser activa, de tener protagonismo social, a tener que ser pasiva, tal vez socialmente invisible. Pero yo no me siento vieja, ni pasiva ni inútil. Eso sí, quiero disfrutar de las ventajas que en España me da la edad y que, en algún aspecto, empiezan a los 60 años, tanto si se trabaja como si no. Por ejemplo, desde los 60 gozo de un sustancial descuento en el transporte ferroviario, incluidos los trenes de alta velocidad, en algunos museos y espectáculos y posiblemente en otras cosas de las que no había tenido tiempo de enterarme porque estaba activa.

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Ahora no, estoy felizmente jubilada y me siento con deseos de entrar en una nueva y diferente etapa de mi vida, en la que por primera vez dispongo de tiempo; no tengo horarios y soy libre para hacer cada día lo que quiera. Además, y ello es importante, al menos de momento tengo un estado de salud aceptable, pese a algún pequeño percance derivado de una caída (siempre he sido algo torpe) y alguna de las enfermedades típicas de la edad (hipertensión). Ahora bien, todo el mundo te da consejos sobre lo que debes de hacer “ahora que tienes tiempo”. Así, es frecuente oír la sugerencia de “seguir conectada con tu etapa anterior” (pero, si ése fuera el caso, ¿para qué me habría jubilado?) o bien que haga tal o cual cosa, es decir, se trata de nuevo de reglamentar el uso del tiempo; sin embargo, entonces dejaría de tener una de las mayores ventajas de la jubilación: disponer libremente del tiempo y disfrutar de los incentivos que para ello me dan los poderes públicos. Por ejemplo, desde los 65 años dispongo por 10.90 euros de un billete mensual que me permite viajar en todo el transporte público cuantas veces quiera por toda mi región (la Comunidad de Madrid) y, si a ello sumo las ventajas del tren para toda España, ¡qué más puedo pedir!

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Tengo también un carnet de “mayores” que me permite entrar a todos los centros destinados a ellos que hay en mi región y que ofrecen servicios muy económicos, sea de peluquería, pedicura o restaurantes, y no sé cuántas cosas más. Pero de momento estos centros no me atraen. Los tengo como reserva para otra etapa de mi vejez, cuando mi movilidad sea menor.

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Es verdad que la jubilación ha jugado un papel fundamental en mi edad personal, pues marca el comienzo de una nueva etapa vital sobre la que hay muchas imágenes negativas: he dejado de ser productiva (pero, ¿no se puede aprovechar mi experiencia?) y soy pasiva, una carga para los activos (pero yo he cotizado más de 40 años) y, en suma, oficialmente he entrado en la vejez, entendida como una etapa final de la vida carente de ilusiones y de aspiraciones (pero yo tengo ilusiones, a las que más adelante me referiré, y aspiraciones distintas a las de mi etapa activa; ahora ya no tengo que hacer currículo). Mi situación económica es aceptable y tengo salud y tiempo, ¿dónde está lo negativo?, ¿por qué no nos fijamos en lo positivo y en los años que nos quedan por vivir nuevas experiencias?

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En relación con el uso del tiempo y el espacio, es cierto que he pasado de un tiempo y un espacio regulados por el trabajo, a la posibilidad de estar en cualquier lugar a cualquier hora. Ahora puedo realizar las actividades soñadas y visitar todos los espacios imaginados. Y lo estoy haciendo y así voy descubriendo nuevos aspectos de Madrid, nuevos lugares (mejor dicho, viejos lugares que no había tenido la oportunidad de ver, por ejemplo por las mañanas). Y sin horario. Incluso puedo dedicar más tiempo a mi nueva gata Blacky.

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Además, me puedo dedicar a otros “vicios”: leer, incluso el periódico, con tranquilidad y a veces escuchando música de forma relajada, ir al cine, al teatro, a conciertos...y un gran vicio: viajar, y eso sí que lo tengo que hacer en esta etapa por si la salud se deteriora. De momento, estas actividades las hago por mi cuenta, con mis amigos, es decir, aún no he explorado las ofertas del Imserso o las específicas de las agencias de viajes para mayores de 55 años, pero tampoco lo descarto. De igual modo, a través de internet exploro todas las posibilidades y aún me queda todo un universo por descubrir. Y espero disponer de muchos años para realizar todas las actividades que me atraen, porque la jubilación ya no es la antesala de la muerte ni del aislamiento. Los mayores y yo personalmente queremos ser visibles, de alguna forma activos, participar en la sociedad, en sus actividades culturales, de ocio y, en suma, de todo tipo, incluidas las políticas si es que nos atraen, pero en general se cuenta poco con nosotros...al menos así me lo parece a mí.

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Los perfiles positivos de esta nueva etapa vital, en mi caso, contrarrestan a los negativos, máxime cuando he llegado a la edad de la jubilación en buenas condiciones vitales y sin autopercibirme como vieja. La universidad ha quedado atrás, es una etapa en la que he disfrutado mucho porque pude realizar mi vocación por la enseñanza y la investigación, pero es algo que ya pertenece al pasado. Puedo impartir algún curso corto, dar alguna conferencia, evaluar trabajos para revistas, poner mi experiencia al servicio de quien me pida consejo...aunque tal vez sea mejor fuera de la universidad en la que trabajé; no quiero sentir nostalgia ni volver la vista atrás, ni juzgar lo actual desde mi punto de vista. He empezado una nueva etapa sin nostalgia por el pasado y con ilusión por el futuro.

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Pese a todo, de alguna manera soy y me siento una privilegiada porque he entrado en la vejez oficial preparada para ello, cuando menos psicológicamente. Siempre me han atraído los temas relacionados con el envejecimiento e incluso he leído y publicado sobre diversos aspectos sociales de la gerontología y la geriatría, lo que recomiendo hacer a todo el mundo ya que contribuye a afrontar esta etapa de forma más optimista y, en todo caso, con mayor preparación.

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Si además me comparo con otras personas de mi entorno, que también pertenecen ya a las clases pasivas, al grupo de “los mayores”, de la “tercera edad” (de las edades posteriores aún no me atrevo a opinar) o, dejando los eufemismos, de los viejos (especialmente en el caso de las mujeres), siento que este grupo es muy diverso y que yo pertenezco a una parte de él, que por todo lo que he dicho es privilegiado.

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Por ejemplo, mi vecina Aurora, algo más joven que yo y bastante vital, tiene problemas económicos porque su pensión es insuficiente y aún no ha cumplido los 65 años, por lo que no puede disfrutar de las ventajas sociales para el transporte y otras actividades a las que antes me referí. Le gustan los animales (dos gatos y una perra), pero creo que de forma un tanto obsesiva ya que no se anima a dejarlos solos casi nunca. Bueno, es feliz a su manera, pero creo que no disfruta de todas las opciones que se tienen en una ciudad.

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Muy diferente es el mundo rural en el que vive mi amiga Ana (67 años), viuda, con una baja pensión y en invierno casi obligada por las bajas temperaturas a estar en casa, dependiente de la televisión como única distracción. Y además, haga el tiempo que haga, sea cual sea su salud (acaba de terminar su ciclo de radioterapia para combatir un pequeño cáncer de mama), se tiene que desplazar al menos un día a la semana a Ávila (la capital de su zona) para atender a su madre, una persona mayor de 90 años. Es vitalmente optimista y la gustaría hacer muchas cosas (disfruta mucho cuando consigo convencerla para que venga a Madrid, aunque sólo sea a pasear y, mejor aún, ir al teatro), pero tiene limitaciones no sólo económicas sino especialmente familiares; es una persona mayor que tiene que atender a otra aún mayor en un entorno social que considera que ésa es su obligación y que no debe tener otra distracción (además, es viuda aunque sus hijos quisieran que su madre disfrutara). Pienso mucho en ella y en los problemas que hay en el mundo rural, tanto de mentalidad como de servicios (Ana se ha tenido que desplazar a Madrid, más de 200 kilómetros diarios, para someterse a la radioterapia), en el aislamiento y en la diferente forma de envejecer.

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En fin, soy una privilegiada que ha empezado una nueva etapa vital con ilusión y que confía en continuar así durante muchos años más. También confío en los esfuerzos que se hacen para procurar cada vez un mejor envejecimiento para todos, sobre todo a través de la enseñanza, cosa que en este libro se cumple con compromiso y gusto.

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Si enciendes la luz para otros, tu camino también se ilumina.

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REFRÁN BUDISTA

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Aurora García Ballesteros.

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Jubilada.

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