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Introducción

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Una sociedad donde la edad sea irrelevante.

GEORGE MADDOX

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Se ha creado una población envejecida, pero poco se conocen los efectos que tendrá sobre las estructuras sociales y, a continuación, cómo repercutirán esos cambios en las personas. El envejecimiento no es algo común en la naturaleza, sino un producto de la civilización y desarrollo propio de la especie humana. El hombre es presa de sus propios éxitos.

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La edad se usa a menudo para dar sentido a las necesidades sociales (p. ej., votar); sería mejor que la edad no fuera una de las bases de la atribución de estatus y una de las dimensiones subyacentes de acuerdo con la cual se regula la interacción social y se toman decisiones políticas. Lo anterior establece normas y sanciones implícitas y explícitas, que suscitan la preocupación de un comportamiento adecuado para las diversas edades, de acuerdo con dictados y premisas sociales expresas y tácitas: “¡a tu edad!” esto o lo otro. A medida que el individuo envejece se vuelve más consciente de las discriminaciones cometidas en razón de su edad y de la forma en que se juzgan sus comportamientos.

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La sociedad le arrebata todo a los ancianos: primero la confianza en sí mismos, luego su trabajo y al final su propia identidad. Se siente inseguridad y angustia por el aspecto físico y el mercado de trabajo, por lo que representa tener capacidades deterioradas o deficientes, además de la forma en que lo perciben y juzgan la familia, los individuos más jóvenes o las autoridades. Todo ello en un periodo que podría ser la mitad de la vida. Es tan evidente la repercusión social del envejecimiento que los mayores temores de las personas al envejecer son la dependencia de otros, la soledad y el dolor (la muerte no figura de manera central, aunque sin duda es una constante). De forma gradual el anciano comienza a ver como pérdidas las conquistas sociales.

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Son hechos puramente sociales (como la jubilación) los que determinan la condición de viejos, al margen de la edad y las capacidades personales; ya no se pertenece más al grupo que importa en la productividad. Como señala Schirrmacher: “la estadística no tiene alma, se llama viejo al que se jubila”; sin más, no hay otra manera de ponderación para la persona. Lo contrario ocurre cuando se deja de trabajar porque físicamente ya no es posible, no cuando lo dictan las normas sociales; por ejemplo, cuando un campesino decide dejar de laborar por el deterioro de su fuerza y capacidad funcional, sólo hasta entonces quizás su familia y su comunidad empiecen a verlo como viejo y no necesariamente inútil y excluido de las decisiones de la comunidad. En realidad, el envejecimiento se convierte en un problema social cuando se acompaña de pobreza, enfermedad, discapacidad y aislamiento, según Tuirán; ésta es una razón más para aspirar a generar cada vez más ...

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