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Introducción

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El que no sabe lo que busca no entiende lo que encuentra.

CLAUDE BERNARD

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En la medicina geriátrica, las finas y sutiles fronteras entre el proceso puro de envejecimiento y la enfermedad constituyen un gran reto clínico. Es difícil diferenciar entre lo que puede atribuirse al deterioro secundario al paso del tiempo y lo que puede interpretarse como una manifestación de la enfermedad, entre lo que puede parecer físico y lo que además tiene un origen social o emocional. Esta línea estrecha entre salud y enfermedad es habitual en la persona envejecida. Con frecuencia, el proceso de la enfermedad es diferente; existen trastornos que se presentan con síntomas propios, según sean las edades a las que aparecen. Los síndromes geriátricos, como caídas, inmovilidad, incontinencia, abatimiento funcional o delirium, son cuadros casi propios o específicos de los individuos mayores; más que enfermedades son manifestaciones de un proceso subyacente, en la mayor parte de los casos no reconocido o mal diagnosticado con múltiples componentes.

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Cuando escuches galopar, piensa en caballos no en cebras. Este aforismo de la medicina moderna, útil al explicar el principio de parsimonia (“la explicación más sencilla es la más probable, aunque no siempre la correcta”) es aplicable en menos de la mitad de las personas envejecidas. Los cambios fisiológicos, la prevalencia del deterioro cognoscitivo, la baja reserva homeostática, una visión negativa de la vejez y el deseo del anciano de no ser una carga para la familia y no quejarse, influyen de manera sinérgica para la presentación atípica de las enfermedades. La suma de estos factores propicia una demora en la consulta, una mala interpretación de los síntomas, un diagnóstico equívoco y un tratamiento inespecífico, casi siempre erróneo; en consecuencia, los padecimientos simples que pueden solucionarse llevan al deterioro y a una mayor dependencia del anciano.

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Las personas dedicadas al tratamiento de los ancianos observan, infortunadamente, que la visión negativa de la vejez, viejismo o ageísmo (del ingles aging) es cada vez mayor entre cuidadores y médicos, y con frecuencia se atribuyen las molestias y las quejas a la edad, que además se subestiman o minimizan; más aún, el sistema de salud es irresponsable y su personal muestra un franco desinterés, que a menudo padece la idea prejuiciosa de que el paciente viejo tiene pocas oportunidades (todavía se usa con demasiada frecuencia el término “senil” o involutivo como sinónimo de enfermedad, cuando en realidad se refiere a los cambios relacionados con el proceso de envejecimiento y no a las entidades patológicas) o en caso opuesto se procede a excesos inútiles (encarnizamiento y futilidad). Asimismo, los ancianos presuponen que sus quejas no serán oídas ni atendidas; temen parecer quejumbrosos ante la familia, reconocer que están enfermos y envejecidos e iniciar un camino a la dependencia por temor a las consecuencias económicas, sociales o funcionales; aún más, si se agrega un proceso depresivo, tan común en estas ...

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