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Introducción

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Después de las canas y las arrugas, los problemas reumáticos son una de las manifestaciones que más reconocemos del proceso de envejecimiento. Al describir o ilustrar a una persona envejecida tendrá poco pelo encanecido, arrugas y problemas para la movilidad, quizás nos imaginemos un bastón o una mecedora y la queja de dolor en las coyunturas. Del imaginario popular se deduce la altísima frecuencia de los problemas en el sistema músculoesquelético al aumentar la edad, pero hasta ahora ha sido difícil aclarar qué procesos corresponden al envejecimiento y cuáles a la enfermedad en sí misma, esa línea que los podría distinguir es tenue mezclada con la patología, fenómeno que en geriatría sigue siendo una interrogante y motivo de estudio. Sabemos que el desgaste de las articulaciones del cuerpo a través del tiempo es un hecho esperable, pero las diferencias entre unas personas y otras al envejecer es enorme, así como el grado en que estas estructuras se desgastan. La mayoría de nosotros notamos molestias a partir de los 50 años de edad, quizás un dolor en la rodilla, una limitación al caminar, etc. Hasta se hace la broma de “yo nunca había sentido esto o lo otro” con lo que se llega a la madurez como la edad de los “yo nunca…” para describir el inicio de los estragos del tiempo.

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En efecto, nunca deben desestimarse los pequeños o grandes daños que se acumulan con el uso y el desuso. Los deportistas se ven impedidos para la actividad luego de sufrir lesiones repetidas; por su parte, las personas comunes también suman pequeñas lesiones a otras y con el transcurso del tiempo padecen problemas de la movilidad, las más de las veces con dolor. Disminuir la actividad física por cualquier causa también supone daños; el trabajo sedentario, el temor a salir y andar en grandes ciudades, las barreras arquitectónicas, la depresión y el aislamiento son factores que contribuyen al problema del desacondicionamiento funcional, que a su vez lesiona las articulaciones y deteriora su función. La debilidad muscular produce una falta de tensión en las articulaciones y ello reduce el espacio natural de la “bisagra”, lo que favorece los roces y los traumatismos. Mantener los músculos tonificados y la actividad es parte importante para conservar en buen estado las articulaciones y la prevención de la osteoartrosis (OA).

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Para los trastornos delimitados y descritos bajo la categoría de enfermedad articular degenerativa (EAD) existe una predisposición genética que es más común en el género femenino, aunque algunas circunstancias como los acortamientos, posturas viciosas o actividades repetitivas (laborales, deportivas) tienen como resultado problemas similares. Por consiguiente, no es raro encontrar tanto la degeneración articular como la suma de lesiones en la misma persona. En realidad, al iniciarse el proceso degenerativo ocurren anomalías que pueden alterar más aún la simetría de las articulaciones y causar más daños en áreas sensibles.

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El proceso de deterioro asociado a la edad en ...

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