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Introducción

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Me asombro continuamente de cuánto se ha extendido la depresión.

L. WOLPERT

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La depresión es una de las enfermedades más serias de las que se puede hablar, la padecen muchas personas y sus consecuencias las sufrimos todos como sociedad. La persona deprimida experimenta sensaciones más allá de las descripciones por las cuales ni siquiera se siente ella misma, funciona mal y se siente realmente infeliz; además suele invadir de desazón, desesperanza y exasperación a los que lo rodean en su círculo familiar, social y de trabajo. Extraordinariamente frecuente, se dice que una de cada cuatro personas, independientemente de su edad, la padece, a pesar de ello, ha sido estigmatizada por la sociedad provocando más problemas y pocas oportunidades de alivio. Al deprimido se le ve como débil, caprichoso incapaz de enfrentar la vida y disfrutarla, se le recomiendan compras, vacaciones y otras variedades de consumismo para aliviarla, siempre atribuyendo el problema a circunstancias vividas desagradables o excesivas. Es tan grave y ha acompañado tanto tiempo a la humanidad que está descrita entre los pecados capitales bajo el nombre de pereza y acedia, quizás porque va en contra de la naturaleza que pide gusto y celebración de la vida, al contrario de la indiferencia desmotivada que produce la depresión. Si bien todos sienten tristeza en algunos momentos de su vida, un sentimiento común y natural, no todos se paralizan en ella, ni descompone la existencia; cuando es profunda, insidiosa, incapacitante, larga, que afecta la salud y no permite continuar, ni disfrutar: entonces es depresión o como Wolpert la llama: tristeza maligna. Ya no es un sentimiento sino la manifestación de una seria enfermedad.

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A pesar de lo anterior la depresión no es vista como una enfermedad por lo que la oportunidad de curarla es escasa. Ni siquiera los trabajadores de la salud se acostumbran a diagnosticarla, menos a comunicar y explicar su diagnóstico al paciente, y a proponerle una solución; quizá porque paradójicamente la prevalencia de la depresión parece ser extraordinariamente frecuente entre el personal de salud. Se dice que sólo la tercera parte de las depresiones se diagnostica, de estas la tercera parte se trata y de ellas sólo 33% cumple el tratamiento, aun menos complementan la propuesta terapéutica con psicoterapia, menos aun con algún camino de desarrollo personal espiritual.

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Cuando un paciente acude a los sistemas sanitarios con múltiples quejas que representan las muchas caras de la depresión, las quejas son tratadas aisladamente y en forma sintomática sin reconocer el cortejo sintomático múltiple diverso de la enfermedad depresiva; generalmente pasa mucho tiempo y muchas consultas hasta que algún médico logra acomodar el rompecabezas y atribuir las molestias al diagnóstico de depresión, prescribiendo una medicación antidepresora, no necesariamente la adecuada, recomendando al paciente que debe relajarse y “echarle ganas” (despreciable frase habitual y desesperanzadora que se aplica al deprimido en nuestra sociedad), con lo que las personas temen cada vez ...

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