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Introducción

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El proceso de envejecimiento afecta a todos los sistemas orgánicos y produce cambios que, si bien en condiciones funcionales no alteran notoriamente la vida del paciente, pueden provocar respuestas funcionales negativas al adaptarse a un estado de estrés.

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De manera específica, el fenómeno del envejecimiento induce efectos en corazón, pulmones, riñones, tubo digestivo y sistema endocrino. En el plano cardiovascular, los cambios del proceso de envejecimiento pueden reflejarse en el corazón y los vasos sanguíneos, cuyas alteraciones se caracterizan por hiperplasia de la íntima y media y fragmentación de la lámina elástica que resulta en una menor capacidad de distensión vascular. Los cambios experimentados por el corazón son diversos, tanto anatómicos como funcionales. Desde el punto de vista anatómico, se advierte engrosamiento y calcificación del endocardio, las aurículas y los bordes de éstas, lo cual provoca anomalías en la conducción e irregularidades de los cambios de frecuencia consecutivos a la acción de las catecolaminas.

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En consecuencia, es común observar en el anciano prolongación asintomática del intervalo P-R, bloqueo cardiaco de primer grado o imposibilidad de elevar la frecuencia cardiaca máxima a más de 100 latidos por minuto. Al analizar de manera conjunta estos elementos, se detecta que en situaciones de estrés aumenta la fuerza de contracción del miocardio, pero no su frecuencia; es decir, tolera menos la hipovolemia y, en consecuencia, el funcionamiento cardiovascular es uno de los principales factores de riesgo de complicaciones posoperatorias entre los ancianos.

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El envejecimiento también repercute en grado notable en el aparato respiratorio. En el plano celular se observa pérdida gradual de funciones inmunológicas, sobre todo en las células T, lo cual da lugar a una menor resistencia a las infecciones; desde el punto de vista mecánico, el pulmón y la pared torácica pierden gradualmente elasticidad y capacidad de movimiento, de modo que aumenta el espacio muerto efectivo y disminuye de manera paulatina la PO2 arterial; combinadas, dichas alteraciones causan una elevación notoria del riesgo de atelectasias y neumonía.

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En el sistema renal, el envejecimiento se caracteriza por pérdida gradual del tamaño de los riñones y disminución de su funcionamiento; esta pérdida de tamaño se debe en esencia a una disminución cortical. Asimismo, se desarrolla esclerosis glomerular, que a su vez precipita una reducción de la filtración glomerular cercana a 1 ml/min por año después de los 40 años; en múltiples estudios se hace referencia a trastornos de la depuración de creatinina, que pueden calcularse de acuerdo con la fórmula habitual de depuración.

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Además de lo anterior, el riñón también sufre modificaciones en los túbulos, de modo que se atenúa su capacidad para resorber o secretar electrólitos, así como para disminuir la acidificación, la concentración y la dilución. Los cambios renales exigen del cirujano un análisis adecuado de la cantidad y calidad de los líquidos suministrados, así como de los fármacos administrados antes y después de la intervención.

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