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INTRODUCCIÓN

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La obesidad se ha convertido en una de las principales causas de mortalidad y discapacidad en los países desarrollados. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha identificado a la obesidad como el mayor problema de salud crónico en los adultos, e incluso se ha llegado a postular que su importancia superará a la malnutrición a nivel mundial. Las últimas cifras de prevalencia en los Estados Unidos demuestran que, aproximadamente, las dos terceras partes (64.5%) de sus habitantes padecen sobrepeso, de los cuales casi un tercio (30.5%) son obesos. Esta situación no es exclusiva de EE.UU.; en Europa en general, y en España en particular, se observa una tendencia similar.

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El balance energético se ve afectado por factores genéticos, hormonales y nutricionales, así como por influencias ambientales y psicosociales. Los pacientes obesos fallecen antes debido a enfermedades cardiovasculares, hipertensión y diabetes. Además, la obesidad se asocia a accidentes cerebrovasculares, patologías respiratorias y osteoarticulares y a determinados tipos de cáncer1, 2. El desarrollo de terapias eficaces para la obesidad requiere un conocimiento exhaustivo de los mecanismos moleculares que controlan el balance energético. En los últimos años se ha avanzado enormemente en la identificación de los mecanismos moleculares que controlan la ingesta de alimentos y el gasto energético. En este capítulo revisaremos los conocimientos actuales sobre dichos mecanismos.

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Desde un punto de vista termodinámico, la obesidad y la delgadez son el resultado de una alteración en el balance (positivo o negativo) entre la ingesta y el gasto energético. La obesidad se produce cuando existe un balance energético positivo como resultado de un desequilibrio entre la ingesta calórica y el gasto energético. La obesidad aparece cuando el número de calorías ingeridas sobrepasa, de manera crónica, al número de calorías consumidas (Fig. 71.1). Estos dos factores están modulados posiblemente por un tercer factor, que canaliza la energía preferentemente hacia el almacenamiento en el tejido adiposo1, 3. Existe una relación estrecha entre estos factores. Se ha demostrado que un aumento de la ingesta asociado a un aumento del peso corporal se asocia, a su vez, a un aumento en el gasto energético4. Del mismo modo, la restricción alimentaria, asociada a la disminución del peso, determina un menor gasto energético4. Estas observaciones muestran la existencia de un sistema regulador de la homeostasis energética sumamente sensible, que mantiene el peso corporal entre umbrales específicos. La obesidad o la delgadez excesivas se producen cuando estos mecanismos se alteran. Un error en cualquiera de los puntos de control del sistema lo desestabiliza, hasta que se vuelve a encontrar un nuevo equilibrio. El paciente obeso parece tener alterados los umbrales específicos entre los cuales el sistema homeostático funciona de manera eficiente. La eficacia del sistema requiere que algunos de estos puntos de control sean redundantes1, 3. Sin embargo, otros factores, como es el caso de la leptina, parecen ser no ...

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