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Prólogo de la p..
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“… sin esperanza de premios ni honores…”

Amado Saúl

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A principios de 1972 apareció el libro Lecciones de dermatología, de Amado Saúl. El autor me invitó a escribir este prólogo, lo que con gusto acepté por diversos motivos.

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El prólogo, las primeras palabras, está omitido en algunos libros y en muchos lo escribe el autor.

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Ya desde los griegos, Eurípides acostumbraba pedir el prólogo a alguien que no intervenía directamente en la obra, y éste es el caso ahora.

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Como actual decano de los dermatólogos mexicanos, veo en estos momentos con verdadero júbilo la publicación de este libro y ya quedó atrás la pregunta que nos hacíamos de “por qué no había yo escrito uno”. Lo ha escrito Saúl y me siento feliz, por él y sobre todo por la gente, que es lo que más importa, pues pienso en el beneficio que muchos recibirán a través de los médicos y estudiantes que lo van a leer.

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El autor, Amado Saúl, cumple 15 años en la dermatología. Es joven, pero ya ha madurado. Quince años de trato diario con enfermos de todas clases sociales, con sus maestros y con sus estudiantes, han producido un “dermatólogo hecho en México”. Esto completado con numerosas lecturas en varios idiomas y viajes a diversos países, le dan ya la autoridad que todos le reconocen y la necesaria para escribir un libro para los años que vivimos y que en el futuro tendrá varias ediciones, ya que todo cambia y cada vez con mayor rapidez. Éste me recuerda el de Darier, maestro mundial de la dermatología, quien en circunstancias parecidas escribió la primera edición de su Précis de Dermatologie, y en 1928, 20 años más tarde, en el “atardecer de su vida”, la última edición de su relativamente pequeño libro de cabecera de dermatólogos principiantes y ya formados. A pesar de sentirme mexicano como el que más, y seré criticado por decir esto, por mucho tiempo seguí creyendo que para entender bien una cosa, sobre todo al empezar, hay que entenderla en francés.

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Saúl se ha formado no ab ímpetu, sino paso a paso en el servicio de dermatología del Hospital General de México, SSA, primero como externo desde 1956, y desde hace dos años como médico adscrito por oposición, en el Centro Dermatológico Pascua, como consultante, después como dermatoleprólogo de planta; en 1960, supervisor del programa para el control de las enfermedades crónicas de la piel, ya actualmente jefe de enseñanza, coordinador de la misma para médicos becarios en este centro y por último en la cátedra de dermatología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, a mi lado, como instructor, ayudante, y como profesor adjunto. Con este carácter, es miembro del Consejo Técnico de la Facultad.

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De 1964 a 1966, fue Presidente muy dinámico de la Sociedad Mexicana de Dermatología y hoy forma parte de la directiva de la Asociación Mexicana de Acción contra la Lepra, A.C. Dermatología, revista mexicana editada por esta asociación, que va también en sus 15 años de vida. Fue fundada en 1956 por Obdulia Rodríguez y por mí y, a la fecha, Amado Saúl es Director asociado, de hecho encargado de la misma con Yolanda Ortiz.

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El doctor Saúl es activo, impaciente, humano, y su capacidad de trabajo es ilimitada. Deliberadamente inicié este prólogo con una frase que alguna vez él escribió relativa a nuestro trabajo como leprólogos, para asegurar que es muy ambicioso, pero no de vanidades ni de trascendencia, de bienes materiales o de satisfacciones menores, sino de continua superación para hacer más por los demás y de ser más él mismo. Estoy seguro que enfermos y estudiantes, nuestros mejores jueces, ratificarán estas apreciaciones.

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¿Algo personal? Es difícil juzgar a un hombre en conjunto, pero veo en él algo que es cada vez más raro encontrar, la lealtad.

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El libro. Ya en el título de la obra y después en la presentación que hace el autor, está bien claro el propósito. No es un tratado, no es un libro para dermatólogos ya formados, sino para estudiantes cuya buena formación tanto nos importa, para el que se inicia en la dermatología y para médicos generales.

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Sin embargo, no creo que haga daño a los dermatólogos leerlo, quienes compararán sus opiniones con las del autor, discreparán a veces —como él mismo espera—, pero todos pensarán otra vez para decidir. Salta a la vista que el estilo es sencillo (como que está uno oyendo más que leyendo) y creo que éste es uno de sus principales méritos: su accesibilidad.

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El autor es hoy por hoy uno de los más destacados exponentes de la Escuela Mexicana de Dermatología, junto con otros que tienen ya tiempo y “proyección”, y quienes se han quedado en el camino, pero de otros, buenos amigos, esperamos mayores muestras de actividad. Por último, entre los más recientes, hay algunos brillantes prospectos para el futuro tanto en la capital como en la provincia. No señalo nombres para no caer en involuntarias omisiones. Saúl es, además, uno de los más militantes, como lo demuestra la publicación de este libro.

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En la Presentación, en la Introducción y en cada capítulo, están definidos los objetivos. Se subraya lo frecuente y lo importante siguiendo las ideas de nuestra escuela, y se reconoce que el libro es incompleto. No aparecen, por ejemplo, enfermedades poco frecuentes ni de otros países. Se ha pensado en el estudiante, futuro médico, para que llegue lo mejor preparado.

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Son relativamente extensos y prácticos los capítulos sobre problemas médico-sociales como la sífilis y la lepra con el fin de remediar aunque sea en mínima parte la “atonía” o casi inexistencia de algunas campañas oficiales y también la falta de interés o de material clínico y audiovisual de algunos profesores de dermatología, tolerados indefinidamente por nuestra alma mater. No se habla de oncocercosis (también gran problema), seguramente por honradez y falta de experiencia personal del autor. Se alude en lo posible la relación médico-enfermo, sin la cual no hay conocimiento que sirva. No son muy extensos los párrafos sobre terapéutica, pero sí suficientes para recordar y confirmar las enseñanzas en la Cátedra; pero sí se denuncia claramente la creciente iatrogenia por ingenuidad o “compromisos” con ciertos sectores de la industria farmacéutica.

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La bibliografía se ha llamado “básica”. Me ha parecido imparcial y ecléctica. No es excesivamente nacionalista, pero incluye contribuciones originales de México y numerosas tesis que en recientes años enriquecieron nuestro acervo y que él mismo dirigió.

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En otros países éste sería “un libro más”, aquí yo le llamo un acontecimiento, ya que dentro de sus fines ilimitados y precisos está al día en lo bueno, en lo cierto y en lo útil. Los pocos libros mexicanos de dermatología existentes o ya están atrasados o “pronto” van a salir.

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La dermatología, la “Cenicienta” de la medicina, se está cansando de esperar a esos caballeros andantes que ya vienen a su rescate. Ojalá que la aparición de este libro sea el principio de una nueva era entre nosotros, y que pronto tengamos en las manos compendios con otros enfoques, tratados y monografías sobre consulta diaria, sífilis, micosis, lepra, oncología cutánea, pinto y tantas cosas más.

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¡Maestro Saúl, gracias y adelante!

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Profesor Fernando Latapí

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México, D.F., otoño de 1972

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