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Introducción

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Entre los métodos auxiliares de diagnóstico, el laboratorio destaca por la ayuda indiscutible que determina cuándo, ante un caso dudoso o difícil, se convierte en procedimiento que el médico aprovecha en beneficio del enfermo. Las pruebas ejecutadas significan un paso más, un avance, un esclarecimiento quizá, en la interrogante que plantea la integración del diagnóstico, es decir el conocimiento de la entidad morbosa que configura el cuadro clínico.1 Apoyado sobre bases científicas, estructura y complementa el juicio nosológico: gracias a trabajos experimentales, análisis e investigaciones, desarrolla en gabinetes especiales una tarea trascendente, cada vez más vasta dada la multiplicidad de exámenes que hoy por hoy se plantean en el terreno médico.

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El progreso de la ciencia en sus diversas especialidades ha determinado que en las últimas décadas las peticiones de pruebas adquieran una amplitud por demás creciente; la variedad y complicación de técnicas multiplican el conocimiento y diversifican el trabajo. Tras los procedimientos clásicos de exploración —que siempre deben ser pauta y base para orientar hacia el paso subsiguiente en el estudio del paciente— el examen de laboratorio ha de fundarse en conclusiones o deducciones resultantes de ellos. La sospecha, aun la claridad de un estudio patológico, han de verse sucedidas por una serie de pruebas solicitadas con criterio firme en relación con la impresión obtenida del caso: la utilidad o indispensabilidad de cada examen dependen directamente del interrogatorio y exploración minuciosos efectuados ante todo. No resultaría lógica la investigación del bacilo de Koch en el esputo, por ejemplo en un enfermo del que sólo se sabe que padece de las vías respiratorias, y sí es obligada en aquel sujeto en quien se presume o recela la existencia de lesión pulmonar de origen tuberculoso, puesto que de obtenerse positividad en la prueba, el diagnóstico se esclarece, fundamenta y afina; otros exámenes, en tal ejemplo, fijarán y precisarán el sitio del daño y la amplitud del mismo.

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De justicia es el exponer que de ninguna manera cabe valorar e interpretar los análisis de laboratorio como significativos en un cuadro patológico si no es ya en unión de síntomas y signos precisados por medio del estudio global del enfermo. Por sí solo, un examen, en la mayoría de los casos, significa muy poco; raro es el momento en que la identificación de un elemento a partir de uno de ellos marca de inmediato el proceso y su causa, digamos, la advertencia de Plasmodium en un frotis de sangre que no deja lugar a dudas sobre la especificidad del paludismo; muy al contrario, la aparición de hematíes en orina tan sólo orienta: sabemos desde luego que el paciente sangra en su aparato urogenital, pero, ¿de dónde procede la hematuria?

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Los resultados del laboratorio no han de considerarse la palabra última que ha de decidir sobre el juicio del clínico en la casi totalidad de las circunstancias; las pruebas requieren siempre de un operador experimentado y de ...

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