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Prólogo a la pr..
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Para cualquier español atento a la vida de su país, la aparición de este Tratado de Fisiología debe ser motivo de reflexión; y a condición de no quedarse en el hecho de sentirla, también de complacencia. Debe serlo, porque el libro está escrito por españoles, es una obra ampliamente colectiva y se mueve con suficiencia indudable en el nivel a que ha llegado el saber fisiológico. Está, diría Ortega, a la altura de su tiempo.

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Desde comienzos del siglo xvii –entre 1605 y 1613 fueron publicadas las Opera omnia de Luis Mercado– hasta los años iniciales de nuestro siglo –en 1904 acabó de imprimirse Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, de Cajal; en 1916 comenzó la publicación del Tratado de Medicina Interna, de Hernando y Marañón; en 1917 apareció la primera edición de la Patología General de Nóvoa Santos–, ninguna de las disciplinas que integran las llamadas ciencias médicas, desde la anatomía a la patología y la terapéutica, fue tratada al día por médicos españoles, y no pudo, en consecuencia, ofrecer una expresión solvente de lo que el saber relativo a ellas era en el mundo culto. Aquilatando el juicio, ni siquiera las Opera de Mercado cumplían exactamente tal exigencia, porque la doctrina tan bien expuesta en ellas –“el Santo Tomás de la Medicina”, llamó Sprengel a su autor– no pasaba de ser el galenismo renovado con que en torno a 1600 se iniciaba en Europa la medicina moderna.

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He subrayado el carácter ampliamente colectivo de este libro. Su director ha sabido cumplir la regla que desde la segunda mitad del siglo xix rige la edición de los grandes tratados de Medicina, y en el nuestro va siendo norma incluso para los tratados de volumen medio: la colaboración de varios autores en la ejecución de la empresa. En lo tocante a la Fisiología, esa regla hubo de imponerse, ya en los años veinte, para la confección del monumental Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie que dirigieron Bethe y Embden, y tres décadas más tarde para la edición del Handbook of Physiology que patrocinó la American Physiological Association; y con el constante y en ocasiones fabuloso progreso de la investigación fisiológica, necesariamente había de extenderse a la publicación de cualquier texto de fisiología destinado a ser algo más que un epítome o vademécum. Tal ha sido el caso del que ahora se publica. Razón por la cual, y a esto principalmente se refería mi elogio, queda bien patente la elevada calidad científica de nuestros fisiólogos y el considerable número de quienes entre ellos la poseen. Como acontece en otras disciplinas científicas –la bioquímica y la biología molecular, la física, la psicología, varias ramas de la filología–, vamos avanzando en España hacia la meta que varias veces he propuesto: producir la ciencia correspondiente a un país europeo y occidental de cuarenta millones de habitantes.

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A comienzos del siglo xx, el saber fisiológico era ante todo el conjunto de los tocantes a los distintos órganos y aparatos. Es cierto que varios de los conceptos relativos a la unidad de ese conjunto –cenestesia, medio interno, secreción interna, sistema nervioso vegetativo, esferas cerebrales de asociación– habían sido formulados a lo largo del siglo xix; pero, como tan oportuna y autorizadamente mostró Pi y Suñer en La unidad funcional (1917) y en Los mecanismos de correlación fisiológica, adaptación interna y unificación de funciones (1920), el fisiólogo de nuestro siglo no podía conformarse con estudiar cada uno de los factores –electrólitos, hormonas, enzimas, impulsos nerviosos– que intervienen en la correlación de órganos y aparatos del organismo; debía esforzarse también por demostrar científicamente cómo la cabal intelección de las distintas funciones particulares exigía tener en cuenta su condición de partes integrales de un todo unitario: una estructura viviente cuya actividad tiene propiedades no reducibles a la suma o la combinación de tales funciones. Lo que en Letamendi no pasó de ser el resultado de una especulación de gabinete –la sentencia en que acuñó la peculiaridad del organismo viviente: multiplex quia vivus, vivus quia unus–, se hizo programa científico en la mente y en la obra, por desgracia inacabada, del gran fisiólogo barcelonés.

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Ese programa tenía como meta suprema la elaboración de una fisiología humana que además de ser “comparada” (conocimiento de la actividad fisiológica del hombre comparándola metódicamente con la de los animales superiores, y en definitiva con la de todos los restantes animales), fuese también “diferencial” (conocimiento científico y no meramente especulativo de lo que en sí misma es la actividad fisiológica del hombre en cuanto tal hombre); por tanto, el estudio fisiológico de los dos aspectos de esa actividad en que de modo más notorio se manifiesta la especificidad de nuestro organismo, el psiquismo y la conducta. Con ingenio y alguna verdad, mas también con no poca injusticia, juzgó Letamendi la fisiología humana en su tiempo diciendo de ella: “fáltale hombre, sóbrale rana”. Con alguna verdad, porque la mayor parte de los fisiólogos de entonces apenas tenían en cuenta, como tales fisiólogos, el psiquismo y la conducta del hombre; aunque no faltaran los que, como Luciani en su magnífico Tratado, procuraban no olvidar las funciones superiores del animal humano. Con no poca injusticia, sin embargo, porque el ingenioso crítico cerraba sus ojos ante lo mucho que la fisiología experimental del siglo xix –Cl. Bernard, Ludwig, Goltz, Pavlov; anteriores a 1900 fueron los primeros trabajos de éste– habían hecho para que la rana, el conejo, el gato y el perro suministrasen conocimientos científicos de algún modo extrapolables al organismo del hombre. Podía decirse, eso sí, que la fisiología de la rana, el conejo, el gato y el perro no es y no puede ser condición suficiente para la edificación de una fisiología específicamente humana, pero ni siquiera entonces podía desconocerse que era y sigue siendo condición necesaria para el buen éxito de tal empresa.

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Con posterioridad al programa y a la obra de Pi y Suñer, la investigación neurofisiológica, endocrinológica y etológica ha dado importantísimos pasos hacia la recta ejecución de ese empeño, sin duda el más central de cuantos de por vida ilusionaron la mente de nuestro Cajal. Que la vida individual y la vida colectiva del hombre es un continuo movimiento hacia el futuro, una y otra vez nos lo han dicho los filósofos y los historiadores. Pero lo que pasa en el organismo humano –conciencia de lo que él está siendo, impulso hacia delante, prefiguración de lo que él puede ser– cuando ejecuta ese ineludible movimiento, sólo la neurofisiología y la endocrinología más recientes han empezado a decirlo. El conocimiento científico del papel que el lóbulo frontal del cerebro desempeña en la decisión y en la actuación hacia el futuro muestra con elocuencia cómo el saber fisiológico se ha ido haciendo específicamente humano, así comparativa como diferencialmente, en el curso del último medio siglo. No sólo mecanismos de retroalimentación (feedback) actúan en la dinámica del organismo animal; también, como certeramente ha subrayado el neurofisiólogo Pribram, mecanismos de anteroalimentación (feedforward), recursos para la activa previsión de lo venidero; y del modo más resuelto, hacia el conocimiento de lo que unos y otros son en la vida del hombre, en tanto que vida animal y humana, se dirige buena parte de la compleja fisiología actual, no sólo la del sistema nervioso central; porque todo el organismo actúa, cada sistema y cada aparato a su modo, en la actividad del hombre en su presente y hacia el futuro. Lo mismo podría decirse, si quiere añadirse otro ejemplo, de los fenómenos de adaptación. Vivir es adaptarse sabiamente al presente –de la “sabiduría del cuerpo” habló Cannon– y penetrar innovadoramente en el futuro, y de ello va dando razón científica la fisiología de nuestro siglo.

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Más explícitamente en los capítulos en que se ha hecho patente la exigencia de humanizar científicamente la fisiología humana, menos en aquellos en que el paso del enfoque comparativo al enfoque diferencial avanza con mayor lentitud, así lo muestra esta excelente obra colectiva de nuestros fisiólogos. Con satisfacción muy viva saludo su aparicion, auguro para ella un rotundo éxito y deseo que, convertida ya en “el Tresguerres”, siga enseñando en coediciones sucesivas lo que fisiológicamente es esta maravillosa y terrible realidad que llamamos “cuerpo humano”.

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Pedro Laín Entralgo

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Marzo de 1992

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