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INTRODUCCIÓN

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El traumatismo craneoencefálico ocupa el primer lugar por su frecuencia y gravedad entre la gran variedad de enfermedades neurológicas; en Estados Unidos constituye la causa principal de muerte en personas de 45 años y, de esa categoría, más de la mitad da como resultado lesiones craneoencefálicas. De acuerdo con la American Trauma Society, se calcula que cada año 500 000 estadounidenses son admitidos en los hospitales después de un traumatismo cerebral; 75 000 a 90 000 de ellos mueren e inclusive un número más grande, la mayoría jóvenes y de otra forma saludables, queda con incapacidades permanentes.

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En caso de traumatismo craneoencefálico el problema básico es a la vez simple y complejo: simple porque no suele haber dificultad para identificar la causa, es decir, un golpe en la cabeza, y complejo por el número de efectos retardados que pueden complicar la lesión. En cuanto al propio traumatismo no puede hacerse nada desde el punto de vista médico puesto que se consumó antes de la llegada del médico a la escena del accidente. En el mejor de los casos éste puede valorar la extensión total de la lesión cerebral inmediata, determinar los factores que entrañan complicaciones y lesiones ulteriores, e instituir medidas para evitar tales problemas adicionales. En particular, el cuello puede estabilizarse y es posible asegurar la perfusión y oxigenación adecuadas. Sin embargo, de los desastrosos fenómenos intracraneales que pueden ser desencadenados por una lesión craneoencefálica, pocos tienen posibilidades de tratamiento. Técnicas nuevas de biología celular han permitido la identificación de aquellos que son causados por la lesión traumática de neuronas y de la glia. Algunas de estas alteraciones pueden ser reversibles, pero hasta el momento los conocimientos al respecto son limitados.

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Una concepción errónea común es que las lesiones craneoencefálicas son asuntos que competen sólo al neurocirujano y no al médico general o al neurólogo. En realidad cerca de 80% de los traumatismos craneoencefálicos es visto primero por un médico general en una sala de urgencias y es probable que menos de 20% requiera de alguna intervención quirúrgica, y aun este número está en disminución. El neurólogo debe conocer en detalle las manifestaciones clínicas y la evolución natural de las lesiones encefálicas primarias y sus complicaciones, y conocer a fondo sus mecanismos fisiopatológicos. Los conocimientos en esa área deben ser actuales y aplicables inmediatamente, en particular porque guardan relación con la interpretación de las tomografías computarizadas (computed tomography, CT) y las imágenes por resonancia magnética (magnetic resonance imaging, MRI), métodos que han ampliado enormemente la capacidad del clínico para tratar la lesión cerebral traumática. El capítulo presente se ocupa de los hechos sobresalientes, propios de las lesiones craneoencefálicas, y plantea una estrategia clínica que, en opinión de los autores, ha sido útil durante muchos años. En el capítulo 44 se señalan los aspectos propios de las lesiones de la columna, que a menudo coexisten con los traumatismos craneoencefálicos.

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