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Introducción

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El cáncer es una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo. Esto es resultado de la interacción de factores genéticos y externos (físicos, químicos y biológicos) que producen la degeneración de las células, lo que origina lesiones precancerosas y por último tumores malignos. Dichos tumores suelen estar localizados, pero pueden diseminarse a otros órganos (metástasis). La Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó en 2008 que la principal causa de muerte en el mundo es el cáncer (7.6 millones de casos), con una localización predominante en pulmón, estómago, hígado, colon y mama. Por su parte, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) reporta que de 2007 a 2009, en América Latina, la tasa de mortalidad estandarizada a consecuencia de cáncer maligno es de 110.7 muertes por cada 100 000 habitantes. Las tasas más altas de la región se localizan en Uruguay (168.4 por cada 100 000 habitantes), Cuba (143.3) y Perú (136.6). México, como resultado de los esfuerzos que se han llevado a cabo en materia de prevención, atención oportuna y sensibilización, tiene la tasa más baja de Latinoamérica (75.4).1

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El cáncer es una afección que ocupa el segundo lugar de mortalidad en México. Se ha descrito que 1 de cada 5 personas presentará un padecimiento oncológico en alguna etapa de su vida. En el pasado sólo 30% de los pacientes diagnosticados con cáncer presentaba cura de la enfermedad. Ahora, los avances para su tratamiento han permitido que quienes lo padecen tengan una supervivencia mayor, lo cual lleva a la necesidad de obtener un adecuado control del dolor y mejorar la calidad de vida. La incidencia de dolor es variable: depende del tipo de cáncer, características histopatológicas, extensión tumoral, tratamientos recibidos y estatus psicológico. Ha llegado a presentarse en 30 a 60% de los pacientes oncológicos durante alguna etapa de la enfermedad y en más de dos terceras partes de los pacientes en estadios avanzados.1,2 Para que un tratamiento sea exitoso, se deben considerar los factores individuales, los propios del tumor y los institucionales. Entre los individuales destaca la importancia de reducir el tiempo que tarda una persona en buscar atención médica, síntomas, edad, sexo, estado inmunitario, estado psicológico, económico y su estado de salud general; entre los del tumor, la localización, estadio (o nivel de diseminación), grado de diferenciación histológica, su agresividad y la presencia de metástasis; entre los institucionales, la accesibilidad, capacitación del personal para emitir un diagnóstico, tratamiento y seguimiento adecuados, así como de los estudios de gabinete, además de los recursos propios del hospital (humanos, capacidad y recursos físicos).1,3

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En México, durante 2010, del total de egresos hospitalarios por tumores, 56% se debió a tumores malignos. Para el caso de la población infantil y joven (menores de 20 años), la proporción de egresos hospitalarios por tumores malignos en relación con los tumores en general fue más alta que en la población adulta ...

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