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INTRODUCCIÓN

Puede definirse como emoción cualquier estado de los sentimientos (como miedo, ira, excitación, amor u odio) acompañado de cambios corporales viscerales y bajo el control del sistema nervioso vegetativo. Si la emoción es intensa, puede sobrevenir un trastorno de las funciones intelectuales, esto es, desorganización del pensamiento racional y tendencia hacia una conducta más automática o no modulada, de carácter estereotípico.

En la forma humana que se reconoce con mayor facilidad, la emoción inicia con un estímulo (real o imaginario), cuya percepción abarca reconocimiento, memoria y asociaciones específicas. El estado emocional que se origina se refleja en una experiencia psíquica, por ejemplo, un sentimiento, o afecto, que es puramente subjetivo y que los demás identifican sólo por las expresiones verbales del individuo o por el juicio de sus reacciones de conducta. Este aspecto conductual, que en parte proviene del sistema autónomo (hormonal-visceral) y en parte del somático, se manifiesta por sí mismo en la expresión facial, la actitud corporal, las vocalizaciones o la actividad voluntaria dirigida del enfermo, un cuadro externo observable respecto al cual se utiliza el término afectividad. En otras palabras, la emoción al parecer tiene los componentes siguientes: 1) la percepción de un estímulo que puede ser interno (idea) o externo; 2) la sensación (o sentimiento); 3) los cambios autónomos-viscerales; 4) una demostración externa de la afectividad, y 5) el impulso a emprender algún tipo de actividad. En muchos casos de enfermedad neurológica no es posible separar estos componentes entre sí.

Consideraciones anatómicas

La aparición de reacciones emocionales anormales durante la evolución de una enfermedad se acompaña de lesiones que afectan de manera preferente ciertas partes del sistema nervioso central. Estas estructuras se agrupan bajo el término límbicas y se hallan entre las partes más complejas y menos comprendidas del sistema nervioso. La palabra latina limbus significa “borde” o “límite”. La introducción del término límbico(a) en neurología por lo general se atribuye a Broca, quien lo empleó para describir el anillo de sustancia gris formado sobre todo por las circunvoluciones del cíngulo y parahipocámpica que rodea el cuerpo calloso y la parte alta subyacente del tallo cerebral. En realidad, Thomas Willis dibujó esta región del encéfalo y se refirió a ella como limbo en 1664. Broca prefirió su designación, le grand lobe limbique (el gran lóbulo límbico), al término rinencéfalo, que era el que entonces estaba en boga y se refiere de modo más específico a las estructuras que tienen función olfatoria. Los neuroanatomistas han ampliado los límites del lóbulo límbico de modo que incluya, además de las circunvoluciones del cíngulo y parahipocámpicas, la formación hipocámpica subyacente, la circunvolución subcallosa y el área paraolfativa. Los términos encéfalo visceral y sistema límbico, creados por MacLean, tienen incluso una designación más amplia; además de todas las partes del lóbulo límbico, comprenden diversos núcleos subcorticales relacionados, como los del complejo amigdaloide, la región septal, el área preóptica, ...

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