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De acuerdo con la encuesta más reciente, la National Health and Nutrition Examination Survey, el número de pacientes con sobrepeso y obesos en los Estados Unidos está aumentando de forma dramática. Sólo en la última década, la prevalencia de personas con un índice de peso corporal ≥30 ha aumentado desde el 22.9% en el período 1988-1994 al 32.2% en el 2003-2004, y se estima que sigue aumentando (Odgen et al., 2006). Además, como las tasas de obesidad han aumentado, se ha producido un aumento paralelo en la necesidad de tratar la comorbilidad asociada, como hipertensión, diabetes e hiperlipidemia, condiciones todas que aumentan el riesgo cardiovascular y de problemas de salud.

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LA OBESIDAD COMO FACTOR DE RIESGO CARDIOVASCULAR

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En 1998, la American Heart Association, en respuesta al creciente número de datos epidemiológicos que relacionaban la obesidad con la cardiopatía coronaria, reconoció la obesidad como un factor de riesgo cardiovascular principal  (Eckel et al., 1998). El exceso de adiposidad puede tener un efecto tóxico directo sobre la estructura y función cardÍacas, produciendo una miocardiopatía. Puede promover la retención de líquidos, lo que ocasiona un aumento del volumen sanguíneo y el consiguiente aumento del gasto cardíaco, que a su vez determina la hipertrofia de la masa cardíaca, específicamente del ventrículo izquierdo, y la posterior insuficiencia cardíaca. El tejido adiposo induce la síntesis de interleucina 6, que modula la producción de proteína C reactiva, un marcador de estado proinflamatorio que se encuentra en la ateroesclerosis y en los síndromes coronarios agudos. La obesidad puede alterar también la función endotelial, lo que determina una disminución de la biodisponibilidad del óxido nítrico, promueve el estrés oxidativo e induce posteriormente vasoconstricción e hipertensión sistémicas. Tanto la leptina como el inhibidor tipo 1 del activador del plasminógeno se expresan en abundancia en el tejido adiposo, y se cree que constituyen factores de riesgo importantes de las enfermedades aterotrombóticas, como el infarto de miocardio. Por último, existe una relación inversa entre los niveles de adiponectina y el índice de masa corporal. Se encuentran niveles bajos de esa proteína también en los pacientes con enfermedad coronaria y guardan relación con un mayor riesgo de infarto de miocardio.

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LIMITACIONES DEL TRATAMIENTO CONSERVADOR DE LA OBESIDAD

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Las medidas de estilo de vida para tratar la obesidad, como los programas supervisados de dieta y ejercicio físico, han conseguido, en el mejor de los casos, unos efectos modestos en la mayoría de las personas con obesidad, sobre todo en aquellos con grados altos de sobrepeso. Los medicamentos resultan también muy poco eficaces en el tratamiento a largo plazo de la obesidad. Aunque pueden tener éxito en la pérdida de peso inicial, estudios repetidos han demostrado que suele ser difícil conseguir una pérdida de peso mantenida, a pesar de los mejores esfuerzos por parte del médico y del paciente por alcanzar los objetivos terapéuticos. Las mejorías en la comorbilidad son con frecuencia transitorias, sin que se reduza el riesgo a largo plazo.

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NECESIDAD DE ...

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