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Prólogo a la pr..
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En la primavera de 1990 saldrá a la luz el libro: Micología médica básica, del micólogo Alexandro Bonifaz, Jefe del Departamento de Micología del Servicio de Dermatología del Hospital General de México, SS, obra que vendrá a enriquecer el no muy amplio acervo bibliográfico mexicano en el campo de la medicina, en particular en el de la micología médica.

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Éste es un hecho de gran trascendencia por varias evidentes razones: primero porque hay un vacío en esta área. Se publica poco en México; los mexicanos, como miembros de un país que no alcanza el pleno desarrollo, arrastramos el atavismo de preferir lo ajeno a lo propio; es más cómodo leer lo que otros dicen y hacen, que hacer y decirlo en nuestro propio idioma; seguimos siendo en este aspecto un país profundamente colonial, con el temor siempre de pensar que debido a nuestra escasa tecnología y dependencia de otros países, lo poco o mucho que hacemos en cualquier campo no puede contribuir al mejor conocimiento y progreso de la humanidad. Es muy difícil romper ese atavismo.

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Esta publicación es importante porque llena ese vacío del que hemos hablado. Prácticamente no existe ninguna obra mexicana completa y actualizada hoy en día sobre micología médica, tema en continua evolución, más en la taxonomía de los hongos y en la terapéutica de las micosis, que en el campo de la clínica y el diagnóstico.

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La micología mexicana de hecho carece casi por completo de material escrito, salvo algunos buenos artículos y capítulos de micólogos mexicanos en libros extranjeros, muy pocos a propósito. Si bien es cierto que algunos clínicos del siglo pasado y los primeros dermatólogos del presente, como Ricardo E. Cicero, Jesús González Urueña y Salvador González Herrejón, se interesaron en algunos aspectos de la dermatología micológica e hicieron valiosas contribuciones, como el uso del acetato de talio en el tratamiento de las tiñas de la cabeza, la micología mexicana actual tiene sus raíces en el doctor Antonio González Ochoa en su laboratorio del Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales de la SS, desde donde hizo magníficas y reconocidas contribuciones.

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Le siguió Pedro Lavalle en el Centro Dermatológico Pascua de esta ciudad, pero ninguno de los dos, reconocidos internacionalmente, tuvieron ocasión de elaborar un libro y verter ahí su bien ganada experiencia, que sin embargo sí pasaron a sus discípulos, entre ellos Alexandro Bonifaz.

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México, un país extenso, de difícil geografía, de variadas condiciones ecológicas, raciales y sociales, es un paraíso micológico. Tenemos todas o casi todas las micosis. Paradójicamente situado en lo geográfico en Norteamérica, tenemos la patología de Centro y Sudamérica, y en ella destacan en lugar preferente las micosis: la coccidioidomicosis en el norte, la cromomicosis y la paracoccidioidomicosis en los trópicos, el micetoma y la esporotricosis en el centro, el tokelau en el sureste, y las tiñas por todos lados. Si bien es rara la tiña negra, en cambio las piedras aumentan como en todo el mundo las micosis oportunistas, signo de nuestros días.

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Alexandro Bonifaz, al término de sus estudios universitarios, se interesa en la micología y se entrena al lado del doctor Pedro Lavalle en el Centro Dermatológico Pascua, del que asimila sus amplios conocimientos. Más tarde se hace cargo del pequeño laboratorio de micología del servicio de Dermatología del Hospital General de México, el cual realizaba algunos estudios de rutina desde hacía unos 40 años, y lo convierte en un laboratorio de actividad creciente. La curiosidad, el interés, el entusiasmo, la docencia, la investigación vienen a suplir a esa rutinaria labor y proyecta al laboratorio en todo ámbito del hospital, y aun extramuros. Pese a su juventud, o quizás debido a ella, Bonifaz ha transformado al modesto Laboratorio del Servicio en uno de los más activos del país, ya que sus trabajos se han dado a conocer en diferentes partes, aun en el extranjero, y se han publicado en varias revistas. Alexandro Bonifaz empieza a ser solicitado en diversas instituciones para transmitir sus conocimientos, ya que posee gran facilidad para darlos a conocer en forma didáctica y amena.

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La experiencia que inició en el Centro Pascua y que ha madurado con su trabajo diario en el hospital, no sólo tras sus laminillas y cultivos, sino también frente a los pacientes, ha dado lugar a este libro, venciendo la inercia, la apatía y el atavismo que casi siempre nos invaden. Se impuso la tarea de escribir un libro en poco tiempo, sencillo, pero completo, didáctico pero ameno y actualizado, útil al micólogo puro, como al laboratorista, al clínico, al dermatólogo. No será perfecto porque ningún libro lo es, para muchos será motivo de satisfacción, los que conocen y estiman a Alexandro; para otros será de crítica, él ya lo sabe y la espera.

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Yo deseo que esta obra, que es muestra de nuestro trabajo en el Hospital General de México, tenga larga vida, que vea nuevas actualizaciones, que se proyecte al medio médico mexicano y, por qué no, al latinoamericano; y que dé a conocer al mundo micológico internacional lo que se hace en nuestro país en este amplio campo.

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A su autor le deseo que no se duerma en sus laureles, que no sea ésta sólo una “primera piedra”, sino que sobre ella construya, con el mismo entusiasmo que ahora ha puesto en esta su primera obra, un alto muro, que en un futuro no muy lejano le permita ser considerado como uno de los mejores micólogos de México.

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¡Adelante Alexandro!

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Amado Saúl

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Ciudad de México, primavera de 1990

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