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Antes de que se contara con anestésicos locales, el control local del dolor para heridas, fracturas y cirugía menor se lograba al minimizar la respuesta central al dolor, típicamente con opioides o con alcohol. La procaína, cuyo uso clínico inició en 1904, fue el único anestésico local disponible por casi 40 años, pero la corta duración de acción y la elevada tasa de reacciones alérgicas limitaron su eficacia. En 1943 se introdujo el uso de lidocaína y continúa siendo el anestésico local más utilizado en los servicios de urgencias.1,2 Se cuenta con anestésicos locales adicionales para uso tópico inyectable (cuadros 36-1 y 36-2). Los médicos de urgencias a menudo utilizan técnicas de anestesia regional para procedimientos potencialmente dolorosos realizados en los servicios de urgencias.3 La anestesia regional puede utilizarse para controlar el dolor de lesiones agudas y reducir la utilización de analgésicos sistémicos.4,5
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