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INTRODUCCIÓN

En el ámbito médico actual, la relación médico-paciente es muy diferente a la de antaño; en términos generales se considera que ha sufrido un gran deterioro. Uno de los factores que con toda seguridad ha contribuido a ello es el hecho de que los estándares del profesionalismo no son practicados de la misma forma en el actuar médico; el profesionalismo mismo se interpreta de manera distinta, y en la complejidad del mundo médico contemporáneo se corre el riesgo de perder su significado. No obstante, la medicina continúa siendo reconocida como una gran profesión porque sigue ofreciendo técnicas y conductas competentes que la sociedad, y sobre todo los pacientes, pueden esperar de un médico titulado.1

Desarrollar una relación médico-paciente con elevado profesionalismo requiere un arduo proceso de transformación mediante el cual el médico arribe al saber y, de inmediato, al saber hacer, y que se le asista en forma permanente en su incorporación a sus funciones profesionales, pero sobre todo en su camino de ser distinto. Ante estas necesidades, la profesionalidad requiere ser comprendida como algo más que la aplicación de un código ético o el solo ejercicio de una buena práctica médica estándar; exige cultivar una reflexión personal constante sobre las influencias del entorno, sobre las reacciones emocionales y sobre los prejuicios de costumbres y creencias. De esta manera, la formación médica con profesionalismo demanda no sólo competencia tecnicocientífica, sino también el desarrollo de un juicio recto para desempeñar la función profesional en forma contextualizada.2

En la búsqueda de una buena relación médico-paciente hay diversas cualidades que deberán observarse en el desarrollo del profesionalismo, pero una característica importante es que este último debe orientarse hacia las necesidades del paciente, no hacia las de las instituciones o las del propio médico; debe comprenderse con claridad que el respeto a la profesión como tal no puede lograrse sin un sentido de servicio público;1 esta situación, aunque ya ampliamente planteada en otros discursos, en lo general, sigue sin ser una parte integral de la realidad en la práctica médica.

De acuerdo con Rivera y Blanco,3 la excelencia en la práctica médica está mediada por la dimensión ética y humanista en el ejercicio médico, así como por un elevado desempeño científico-técnico, todo lo cual justifica la necesidad de que el médico domine, entre otros aspectos, los elementos esenciales de la relación médico-paciente, mismos que le permitirán entender y apreciar la naturaleza particular de su vínculo con cada paciente, la importancia de la relación terapéutica, así como el desarrollo de habilidades para abordar cuestiones comunicativas específicas en contextos y situaciones profesionales difíciles. Actuar con un elevado profesionalismo científico-técnico no ha sido suficiente para restablecer, mantener o incrementar la calidad de vida de los pacientes de manera satisfactoria, resulta necesario complementar el trabajo profesional del médico explorando el mundo interno y subjetivo del ser humano. El conocimiento de esta subjetividad puede permitir al médico relacionarse ...

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