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INTRODUCCIÓN

Los analgésicos opioides han sido objeto de abuso al menos desde el año 300 A.C. El nepente (que significa en griego “libre de pena”) ayudó al héroe de la Odisea, sin embargo, el uso generalizado del opio fumado en China y el Cercano Oriente ha provocado daño durante siglos. Desde que el opio y la codeína se aislaron químicamente por primera vez, hace 200 años, se ha desarrollado una amplia gama de opioides sintéticos y en el decenio de 1990 se clonaron los receptores de opioides. Dos de los efectos adversos más importantes de todas estas sustancias son el trastorno por consumo de opioides y la sobredosis. Los opioides que se adquieren solo con prescripción médica se utilizan en primera instancia para tratar el dolor, pero por su fácil disponibilidad, los adolescentes obtienen y consumen estas sustancias con consecuencias terribles. En 2015, por ejemplo, 3.8 millones de individuos en Estados Unidos utilizaron analgésicos sin indicaciones médicas. Aún más preocupante, durante 2015 más de 20 000 muertes por sobredosis estuvieron vinculadas con opioides, con 12 990 muertes por sobredosis más debidas solo a heroína. Estas cifras siguen en aumento y se aceleraron debido a la mezcla de derivados muy potentes del fentanilo con heroína. La aceleración de las tasas de mortalidad se debe en parte a que la reversión de las sobredosis de fentanilo puede requerir dosis mucho mayores de naloxona que las dosis de los dispositivos intranasales que se usan para la reanimación no médica en la calle. También se ha relacionado una exacerbación adicional en las muertes vinculadas con fentanilo con la pandemia de COVID-19. En realidad, según el World Drug Report más reciente, el consumo de opioides tiene consecuencias sustanciales sobre la salud; genera altos índices de morbilidad y mortalidad; favorece la transmisión de enfermedades; incrementa la incidencia de crímenes; aumenta los gastos de salud pública y aplicación de la ley, y causa consecuencias menos tangibles por estrés familiar y pérdida de productividad.

Los términos “dependencia” y “adicción” ya no se utilizan para describir trastornos vinculados con el uso de sustancias. Las anomalías relacionadas con el consumo de opioides comprenden intoxicación, síndrome de abstinencia y trastorno por consumo de opioides. El diagnóstico de este último, como se define en el DSM-5, implica el uso repetitivo de un opioide mientras se producen problemas en dos o más áreas en un lapso de 12 meses. Tales áreas son tolerancia, abstinencia, utilización desmedida de opioides, anhelo intenso por dichas sustancias y su consumo a pesar de experimentar consecuencias adversas. No se espera que esta nueva definición del trastorno por consumo de opioides (que reduce los criterios para el diagnóstico de tres a dos áreas) altere las tasas, ya que la mayoría de los individuos que utilizan estas sustancias cumple con más de tres criterios.

Un reciente y notable aspecto del uso ilícito de opioides es su marcado incremento como inductor para el empleo de drogas ...

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